Nuestra América

04/02/2010 Nuestra América
El 26 de marzo de 1812, a las cuatro y siete minutos de la tarde, un terremoto arrasó case la mitad, del país, precisamente la que estaba en poder de los patriotas y era la más poblada. Las ciudades de Caracas, La Guairá, Marquetía, Mérida y San Felipe quedaron enteramente destruidas.
En la sola ciudad de Caracas murieron cerca de 10.000 personas y durante varios días encendiéronse hogares para quemar los cadáveres. Como era imposible atender a los heridos y enfermos, muchos de ellos perecieron en los días subsiguientes. Todavía cincuenta años después persistían en las ciudades destruídas numerosas ruinas.
Los enemigos de la Independencia  se apresuraron, naturalmente, a interpretar que aquel desastre era castigo del cielo por la rebeldia de estas provincias, y señalaban dos extrañas coincidências muy propias para herir la imaginación popular: que el terremoto había ocurrido en jueves santo, lo mismo que el 19 de abril de 1810: y que las ciudades en poder de los españoles permanecieron indemnes. Vehementes clérigos españoles recorrían las ruínas reclamando arrepentimiento y sumisión al Rey; muchos criollos y laicos – algunos sinceramente aterrorizados les unían; y no faltaban los que, confesando en alta voz sus pecados, o recurriendo a formas aún más grotescas de humillación, aumentaban la confusión y el sentimiento de que Dios mismo flagelaba al país rebelde.
Ocurrió  entonces un incidente, que ha quedado como un símbolo en la historia de Venezuela.
En medio del abatimiento general, Bolívar subió a las ruinas del templo de San Jacinto, y proclamo: “ Si se opone la naturaleza, lutaremos contra ella y la haremos que nos obedezca”. 
Cita de José  Domingos Díaz: Recuerdo sobre la rebelión de Caracas. Madrid, 1829  
 

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